Síntoma y autorización

Por: Sandra Patricia Rebellón Ruiz

Considerando que el síntoma orienta no sólo al sujeto que consulta sino también a quien lo escuche desde la posición de analista, en tanto testimonio del encuentro contingente con aquello que sacude los modos de hacer las paces con ese “intimo” que habita al sujeto y de cuyo saber, o bien no puede dar cuenta o un horror al saber que allí yace escrito le acompaña, me interrogó sobre qué enlaza síntoma y autorización.

El síntoma como instrumento indica un rumbo, que para nuestra orientación Lacaniana, se guía por las coordenadas de lo real. Teniendo en cuenta que se trata más que de una escucha, de una lectura de las marcas de goce en el sujeto, retomo la pregunta que propone el argumento de nuestro Encuentro Clínico respecto de la lectura de esas marcas cuando no se está formado por la experiencia analítica[1], me ofrece un camino para transitar.

En el Banquete de los analistas, Miller ubica como una invención de Lacan respecto de la figura del psicoanalista, proponer que “uno se vuelve analista, hablando con propiedad, con algo extraído de su propio análisis”[2], es decir, que cuando se trata de la lectura del goce que habita, la operación para su lectura implica consentir a pagar con la librita de carne, extrayendo lo que cae del propio recorrido en un análisis. Lacan no habla de volverse analista por la cuantificación de saber académico o de pacientes atendidos, es por la vía de la extracción de un saber que atañe las vueltas de un psicoanálisis llevado hasta sus últimos términos.  

¿Frente a quién se deviene analista? ¿Frente a quién se autoriza un analista? 

En su Proposición del 09 de octubre, Lacan se refiere a un principio fundamental para pensar al psicoanalista de la Escuela: “el analista solo se autoriza a sí mismo” ¿Qué quiso indicar con esta orientación? ¿Cómo leer esa autorización que se enraíza en un “a sí mismo”? No estamos en la época en que la Proposición surgió, entonces ¿Cómo distinguir esta autorización a sí mismo, por fuera de las indicaciones de una época que empuja ferozmente hacia posiciones identificatorias que apuntan a un ser? 

Cuando Lacan pensó las coordenadas para elucidar la posición del psicoanalista en su Escuela, no las propuso por la vía de un Otro garante a dicha autorización, por el contrario, no hay un Otro que sancione u otorgue un “tú eres” analista. En este sentido, la función analista y el ser analista no son equivalentes, frente al ser del analista lo que se encuentra es un agujero, no hay significante que colme y alcance para darle un ser a la función.

Volverse-analista y autorizar-se analista, parece que son operaciones que comportan un tiempo lógico para cada una. No hay una relación de causa – efecto o de complementariedad entre estos dos términos. El devenir analista, como se ha mencionado, es producto del análisis que ha llegado hasta las puertas de un final. ¿Y la cuestión de la autorización? Hay quienes habiendo concluido un análisis no se autorizan a ocupar la función de analista. También está el caso de quienes trabajando bajo una orientación analítica se abstienen de “no trabajo con diván porque aun no me autorizo”.

¿Qué anima o detiene a dar el paso hacia un autorizar-se?

Para Lacan, que la Escuela asuma una posición de autorización pone en juego un goce, donde “queremos autorizar siempre significa queremos prohibir”[3], la cuestión de autorizar-se no es una responsabilidad de la Escuela. En contrapartida a este goce, Lacan propone la figura del “analista supuesto”.

Un analista supuesto seria aquel que en el campo del autorizar-se a sí mismo está dispuesto a arriesgarse frente al trabajo. “Donde quiera que se invente o se haga algo nuevo uno se autoriza a sí mismo”[4].  Invención y trabajo, aparecen como una diada interesante. A cada analista le corresponde reinventar el psicoanálisis en cada cura que dirige, en este sentido, autorizar-se a sí mismo, no viene como un título fijo que se da de una vez y para siempre, por el contrario, se trata de una autorización no-toda.

Un análisis pone en cuestión los arreglos sintomáticos mortificantes, será decisión del sujeto consentir a abrirse camino a una invención respecto del encuentro con ese trozo de real que lo habita, el sinthome como formula inédita de dar cuenta de dicho, ¿Se trataría entonces de un autorizar-se con el sinthome?  

Si el pase es el dispositivo por el cual, se puede dar cuenta del advenimiento de un analista, ¿Qué enseñan los testimonios de pase sobre este autorizar-se a sí mismo? ¿Testimoniar y autorizar-se compartirían alguna vertiente en común?


[1] Argumento del Encuentro Clínico, El síntoma, brújula en la práctica analítica. Cali, marzo 2024

[2] Miller, J.A En La Transferencia de Trabajo. El Banquete de los Analista. Paidós Editores. Buenos Aires Argentina. 2000 página 186

[3] Miller, J.A En La Paradoja de la garantía. El Banquete de los Analista. Paidós Editores. Buenos Aires Argentina. 2000 página 238

[4] Idem